Yo, en pijama (…ellos no)

Los tres, habían girado la cabeza y sus ojos apuntaban al final de mis medias en la pierna, y al trocito de carne que dejaba ver mi corta falda.

Salí. Volvería en nada.
—Joder! Es que está muy buena!
—Callaos, capullos.
—Ostia bendita!!
—Qué pasa tío?
—Pero no lo veis?

Y al lado de los vasos y la bebida, había un plato que contenía una sola y única galleta.

—Se lo has contado? No jodas tío!
—Si le he contado el qué? De qué hablas?
Cogió la galleta en su mano y se la enseñó.
—Le has contado nuestro juego de adolescencia a tu hermana?
—Qué ostias dices? –parecía que le iba a estallar la cabeza. –Cómo iba a contarle nada?
—Pues a ver qué quiere decir esto entonces.
—Quiere decir, que conozco el juego. Pero no. Él no me lo ha contado. Hace ya muchos años, estabais ya tan inmersos en vuestro juego de pajas, que os olvidasteis de cerrar la puerta, creyendo que estabais solos.
Pero a mí, se me había olvidado la cartera, y tuve que volver.
Simplemente os vi.
Me quedé mirando lo que hacíais y me pareció hoy, oportuno, para animar a mi hermano, que rememorarais la historia.

Los tenía a todos muy nerviosos.
Mi hermano intentaba tener los ojos abiertos al escucharme.
—No sé qué intentas.—balbuceó – ya hace mucho que no competimos para ver quien tarda más en correrse.
—Jugamos esa partida?
Se fueron sentando.
Estaban tan sorprendidos, como si realmente fuesen adolescentes “pillados”.
Pero ya eran hombres hechos y derechos.
Y todos, realmente atractivos.

-Relajaros. Nada va a salir de aquí.
—Lo que no entiendo, es que si nos pillaste, como es que nosotros jamás te vimos?
Mi hermano sonrió.

 

Continúa leyendo este relato en el capítulo IV del libro “Mis veinticinco de realidad”.

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